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Mal de escuela. Daniel Pennac

23 agosto 2009

mal de escuela

Es de esos libros que me dispongo a leer con cierta prevención. El mundo de la enseñanza es como el fútbol: todo el mundo tiene un entrenador dentro con la solución a los males de su equipo. Los puntos de partida, normalmente,  son: la pura teoría de quien no ha visto adolescentes de todo tipo  en su salsa,  varias horas al día durante varias semanas al año, durante muchos años y a pie de pizarra tiza en mano, o, igual de alejado, la teoría epatante y novedosa que hace sonreír a dichos adolescentes y a sus profesores.

Había leído Como una novela, no recuerdo mucho de este libro del autor, me sonó a la segunda de las posibilidades. Mal de escuela es más un libro de memorias que un ensayo, creo. Cuenta  lo que ha vivido en sus clases durante su vida como profesor y también su experiencia como alumno zoquete de quien perduran los síntomas anímicos, perfectamente descritos,  en el escritor adulto. Están presentes sus alumnos reales, casos concretos que representan a los demás, sus historias son especialmente entrañables. El libro no muestra teorías sino conclusiones nacidas de la propia experiencia, rezuma ese fondo que hace que siempre gusten películas y libros de niños y escuelas, desde las Torres de Malory  de Enyd Blyton  hasta Harry Potter y todas las películas que el propio Pennac menciona. El de la escuela es un mundo especial, atemporal, esencialmente el mismo a través del tiempo y en cualquier lugar. Un grupo de alumnos con su profesor es como un experimento, tiene que haber una química especial, a veces con buenos resultados y otras termina en una mezcla explosiva. Cada época va añadiendo sus propios ingredientes. Pennac acierta señalando el consumo como el actual. Es más necesaria la intuición para saber qué registro hay que elegir en cada momento que cualquier teoría. Centra el gran conflicto profesor-alumno en la incapacidad de los primeros para comprender el estado de ignorancia en el que se cuecen sus zoquetes. Un profesor debe, sobre todo tener deseos de aprender siempre, ser más alumno curioso que profesor que lo sabe ya todo.

(…)Por aquel entonces, yo ignoraba que la lectura iba a salvarme.

En aquella época, leer no era la absurda proeza que es hoy. Considerada como una pérdida de tiempo, con fama de perjudicial para el trabajo escolar, la lectura de novelas nos estaba  prohibida durante las horas de estudio. De ahí mi vocación. De ahí mi vocación de  lector clandestino: novelas forradas como libros de clase, ocultas en todas partes donde era posible, lecturas nocturnas con una linterna, dispensas de gimnasia, todo servía para quedarme a solas con un libro. Fue el internado lo que despertó en mí esta afición. Necesitaba un mundo propio, y fue el de los libros. En mi familia, yo había visto, sobre todo, leer a los demás: mi padre fumando su pipa en el sillón, bajo el cono de luz de una lámpara, pasando distraídamente el anular por la impecable raya de sus cabellos y con un libro abierto sobre las piernas cruzadas; Bernard, en nuestra habitación, recostado, con las rodillas dobladas y la mano derecha sosteniendo la cabeza. Había bienestar en aquellas actitudes. En el fondo, fue la fisiología del lector lo que me impulsó a leer. Tal vez al comienzo solo leí para reproducir aquellas posturas y explorar otras. Leyendo, me instalé físicamente en una felicidad que aún perdura (…) Pág.83

(…)Los síntomas son rigurosamente semejantes a los de mis trece años: ensoñación, pereza, dispersión, hipocondría, nerviosismo, taciturno deleite, cambios de humor, jeremiadas y, por último, pasmo ante la pantalla de mi ordenador, como antaño ante los deberes que debía hacer, el examen que debía preparar… Aquí estoy, ríe sarcástico el zoquete que fui (…) Pág.89

Los males de gramática se curan con la gramática, las faltas de  ortografía con la práctica de la ortografía, el miedo a leer con la lectura, el de no comprender con la inmersión en el texto: la costumbre de no reflexionar con el tranquilo refuerzo una razón estrictamente limitada al objeto que nos ocupa, aquí, ahora, en esta aula, durante esta hora de clase, ya puestos a ello. Pág. 105

(…)Eran mis alumnos. (Este posesivo no indica propiedad alguna, designa un intervalo de tiempo, nuestros años de enseñanza en los que nuestra responsabilidad de profesor se encuentra por completo comprometida con esos alumnos.)Parte de mi oficio consistía en convencer a mis alumnos más abandonados por ellos mismos de que la cortesía predispone a la reflexión más que una buena bofetada, de que la vida en comunidad compromete, de que el día y la hora de entrega de un ejercicio no son negociables, de que unos deberes hechos de cualquier modo deben repetirse para el día siguiente, de que esto, de que aquello, pero de que nunca, jamás de los jamases, ni mis colegas ni yo les dejaríamos en la cuneta. Para que tuvieran una posibilidad de lograrlo, era preciso enseñarles de nuevo la propia noción del esfuerzo, devolverles por consiguiente el gusto por la soledad y el silencio y, sobre todo, el dominio del tiempo, del aburrimiento, pues (…) Pág. 143

(…) Niños clientes, pues, con o sin medios, tanto los de las grandes ciudades como los de los arrabales, arrastrados por la misma aspiración al consumo, por el mismo aspirador universal de deseos, pobres y ricos, grandes y pequeños, chicos y chicas, en un revoltillo que se traga el sifón de la única y atorbellinada aspiración: ¡consumir! Es decir cambiar de producto, querer lo nuevo, más que lo nuevo, el último grito. ¡La marca! ¡Y que se sepa! Si sus marcas fueran medallas, los chiquillos de nuestras calles sonarían como generales de opereta. Unos programas muy serios os explican, por activa y por pasiva, que de ello depende su identidad. (…) Pág. 198

 (…) En materia de asesinatos, no es inútil recordar que, una vez deducidos los ataques a mano armada, las riñas en la vía pública, los crímenes crapulosos y los ajustes de cuentas entre bandas rivales, el ochenta por ciento de los crímenes de sangre, aproximadamente, se producen en el marco familiar. Los hombres se matan ante todo en su casa, bajo su techo, en la secreta fermentación de su hogar, en el meollo de su propia miseria. Hacer pasar la escuela por un lugar criminógeno es, en sí, un crimen insensato contra la escuela (…) Pág.  205

(…) la diferencia fundamental entre los alumnos de hoy y los de ayer debe buscarse en otra parte: no llevan los jerséis viejos de sus hermanos mayores. ¡Esta es la verdadera diferencia! Mi madre tricotaba un jersey para Bernard y, cuando crecía, me lo pasaba. Y lo mismo con Doumé y Jean-Louis, nuestros hermanos mayores. Los pullovers de nuestra madre eran la inevitable sorpresa de Navidad. No llevaban marca, ni etiqueta en la que pusiera jersey mamá; sin embargo, la mayoría de los niños de mi generación llevaban jerséis mamá.

Hoy, no; la Gran Madre marketing se encarga de vestir a mayores y pequeños. Viste, alimenta, da de beber, calza, toca, equipa a cada cual, provee al alumno de electrónica, le pone sobre unos patines, bici, scooter, moto, patinete. Le distrae, le informa, le conecta, le propina una permanente transfusión musical y le dispersa por los cuatro puntos cardinales del universo consumible, ella es quien le duerme, ella es quien le despierta y, cuando se sienta en clase, vibra en el fondo de su bolsillo para tranquilizarle: Estoy aquí, no tengas miedo, estoy aquí, en tu teléfono móvil, ¡no eres un rehén del gueto escolar! (…) Pág. 235

(…) Hoy en día existen en nuestro planeta cinco clases de niños: el niño cliente entre nosotros, el niño productor bajo otros cielos, así como el niño soldado, el niño prostituido y, en los paneles curvos del metro, el niño moribundo cuya imagen, periódicamente, proyecta sobre nuestro cansancio la mirada del hambre y del abandono. Son niños, los cinco. Instrumentalizados, los cinco (…) Pág. 238

(…) me pregunto solo qué tipo de zoquete habría sido yo si el azar me hubiera hecho nacer, digamos, hace unos quince años. No cabe duda alguna: habría sido un zoquete consumidor. A falta de precocidad intelectual, me habría refugiado en esa madurez comercial que confiere a los deseos de los adolescentes la misma legitimidad que a los de sus padres. Lo habría convertido en una cuestión de principios. , Ya me parece oírme: Vosotros tenéis vuestro ordenador, ¡yo tengo derecho al mío! ¡Sobre todo si no queréis que toque el vuestro! y habrían cedido. Por amor. ¿Amor descarriado? Es fácil decirlo. Cada época impone su lenguaje, al amor familiar. La nuestra prescribe la lengua de los objetos(…) Pág. 241

 Uno de los elementos del «ello», para el que el joven profesor de hoy no está preparado, es el cara a cara con una clase de niños clientes. Es cierto que él lo fue y que sus propios hijos lo son, pero en esta clase él es el profesor (…) Estamos en la escuela, en el colegio, en el instituto, no en familia, no en unos grandes almacenes: no se satisfacen deseos superficiales por medio de regalos, se satisfacen necesidades fundamentales por medio de obligaciones. Necesidades de instruirse tanto más difíciles de colmar cuanto, antes, hay que despertarlas. Dura tarea para el profesor, este conflicto entre los deseos y las necesidades. Y dolorosa perspectiva para el joven cliente tener que preocuparse por sus necesidades en detrimento de sus deseos: vaciarse la cabeza para formarse el espíritu (…) Pág. 242

(…) la verdadera naturaleza del «ello» residiría en el eterno conflicto entre el conocimiento tal como se concibe y la ignorancia tal como se vive: la incapacidad absoluta de los profesores para comprender el estado de ignorancia en el que se cuecen sus zoquetes, puesto que ellos mismos eran buenos alumnos, al menos en la materia que enseñan. El gran defecto de los profesores sería su incapacidad para imaginarse sin saber lo que saben. Sean cuales sean las dificultades que han debido superar para adquirirlos, en cuanto los adquieren sus conocimientos se les vuelven consustanciales, los perciben como si fueran evidencia ( «¡Pero es evidente, vamos»), y no pueden imaginar que sean por completo ajenos a quienes, en ese campo preciso, viven en estado de ignorancia (…) Pág. 246  <

Daniel Pennac, el escritor ‘zoquete’ (El Ojo Crítico) Entrevista con el autor en el programa de RNE
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