Skip to content

La estación perdida, Use Lahoz

31 marzo 2013
tags:

Es una novela que te arrastra a través de sus páginas para ver qué pasa al final, si se va a Montevideo, por qué…Es algo positivo, son 500 y pico páginas en la edición de bolsillo.

La narración de los primeros años de Santiago Lansac trae un regusto a La ciudad de los prodigios, en esa distancia en la que queda el personaje destacando su ascenso. Pero al final queda un personaje que parece haberse movido con un papel fijo, un poco vacío. Lo mismo ocurre con el tiempo, no pasa, el ambiente es siempre el mismo; se marca cada momento histórico con alusiones a algún acontecimento, 23F, mundiales de fútbol, etc. Pegados en la historia. Pero los personajes parecen moverse en una posguerra eterna. Quizás el causante sea un narrador en tercera persona que cuenta, pero pasa por encima de los personajes caracterizándolos con un rasgo, frase…que se repiten. Los espacios se reconocen y produce cierta complicidad con la narración.

Hay imágenes muy logradas:

La calle del Carmen tenía el paladar irritado, mantenía la líbido a golpe de monedas, y el aliento olía a noche, a libertinaje, a sexo de prostíbulo.

Las nubes eran nudos de síntomas, ..

Creo que es su primera novela, hay que esperar y seguir leyendo lo que nos cuente.

Suicidio perfecto, Petros Màrkaris

13 agosto 2012

Lo mejor de esta novela es el ambiente en el que nos sumerge. Tanto el de la sociedad griega antes de los Juegos olímpicos del 2004, que dan lugar a todo tipo de negocios ilegales, como el cotidiano de los personajes, especialmente la familia del comisario. Este ve peligrar su puesto a causa de su convalecencia por un disparo. Se reincorpora a su trabajo de forma no oficial, primero, para recuperar finalmente su cargo. Recorremos con él las calles, los barrios, los atascos…La parte policíaca no me ha resultado tan verosímil, un poco forzado el desenlace. Leí antes Con el agua al cuello, escrita después, parece seguir un patrón muy parecido: varios crímenes iguales con un desenlace sorprendente que tiene como móvil la venganza.

La reina Victoria, Lytton Strachey.

10 agosto 2012

El biógrafo parte de documentos escritos como el diario de la reina. Por tanto, vemos esta época tan sugestiva para nosotros desde su perspectiva. Al final del libro aparecen las conclusiones del escritor que son las del lector después de casi 400 páginas:

En efecto, los cambios decisivos que habían convertido la Inglaterra de 1837 en la Inglaterra de 1897 parecían haberle pasado por el lado sin que ella hiciera nada. pág.340

La reina no es su época. Victoriana nos suena a literatura: pensamos en las Brönte, en la literatura fantástica, en Oscar Wilde… o en los prerrafaelitas…No aparece nadie en la biografía. La reina no pareció enterarse. Tampoco de los decisivos cambios sociales, salvo algún enfado con sus ministros. Algunos fragmentos:

____________________________________________

(…) La numerosa asamblea de lores y notables, obispos, generales y ministros de Estado vio abrirse las puertas y a continuación la silueta de una joven menuda vestida de luto que entraba en el salón a solas y avanzaba hacia su asiento con extraordinaria dignidad y elegancia; todos ellos se fijaron en su rostro, no hermoso, pero sí agradable: el pelo rubio, los ojos azules y prominentes, la nariz pequeña y curvada, la boca abierta que mostraba los dientes superiores, el mentón pequeño, la piel clara y, sobre todo, una extraña mezcla de inocencia, seriedad, juventud y serenidad. Oyeron una voz aguda y firme que leía en alto con claridad perfecta, y después, cuando la ceremonia hubo terminado, observaron aquella pequeña figura que se levantaba (…) pasaba por delante de ellos y se alejaba del mismo modo en que había entrado: a solas. págs. 65-66

Entre la población se produjo una oleada de entusiasmo. La expresión de los sentimientos y el romanticismo comenzaban estar en boga, y la imagen de aquella joven reina, inocente, moderada, de pelo rubio y mejillas sonrosadas que paseaba en coche por la ciudad, llenó los corazones de la gente de lealtad y afecto arrebatados. pág. 68

(…) aunque enseguida descubrió que Victoria le gustaba mucho, lo que le interesó de inmediato en aquella curiosa posición en que se encontraba no fue tanto ella como él mismo. Hechizado y feliz, mientras montaba a caballo, bailaba, cantaba o reía rodeado por el esplendor de Windsor, Alberto sintió que algo nuevo se agitaba en su interior: la ambición, ¡Ocuparía un lugar elevado y envidiable! pág. 127

¡Era bueno! No, ¡era maravilloso! ¿Cómo se le podía haber pasado por la cabeza imponer su propia voluntad por encima de la sabiduría de su marido, su ignorancia por encima de los conocimientos de él, sus caprichos por encima del gusto perfecto de Alberto? ¿En realidad había adorado alguna vez Londres y las largas noches y la vida disipada? Ahora vivía feliz en el campo, se levantaba de un brinco de la cama -¡tan temprano!- con Alberto y daba un paseo antes de desayunar, ¡a solas con Alberto! ¡Qué maravilloso era aprender de él! ¡Que le enseñara el nombre de los árboles, aprender cosas de las abejas!¡ y después, sentarse a hacer punto de cruz mientras él le leía la Historia Constitucional de Inglaterra, de Hallam! O escucharlo tocar el órgano (<<El órgano es el instrumento primordial», solía decir) pág.146

Todo el mundo estaba de acuerdo en que pocos espectáculos en Europa producían un efecto tan imponente como el salón de banquetes Waterloo, repleto de invitados que lucían diamantes y uniformes deslumbrantes, las largas paredes decoradas con retratos de héroes y las mesas cubiertas con la espléndida vajilla de oro de los reyes de Inglaterra. Pero, entre todo ese derroche de esplendor, el espectáculo más imponente de todos era la figura de la reina. La pequeña Hausfrau que había que había pasado el día anterior paseando con sus hijos, inspeccionando el ganado, practicando trinos al piano y llenando su diario con palabras de adoración hacia su marido, se había convertido de repente, sin artificio, sin esfuerzo, mediante una transición espontánea y natural, en la mismísima culminación de la majestad. El zar de Rusia se quedó profundamente impresionado. pág. 150

La reina reparó en que jamás se encendía el fuego en el comedor. Al preguntar por qué, la respuesta fue que «el lord administrador coloca la leña y el lord chambelán la enciende». Y como los subordinados de aquellos dos nobles caballeros no habían tenido ocasión de ponerse de acuerdo, la reina debía comer en un salón gélido.

Un incidente asombroso abrió los ojos de todo el mundo a la confusión y la negligencia que reinaban en palacio. Dos semanas después del nacimiento de la princesa, la nodriza oyó un ruido sospechoso en el dormitorio contiguo al de la reina. Llamó a uno de los pajes quien, al mirar debajo de un enorme sofá, vio una figura agazapada «de aspecto repulsivo», Se trataba de «el pequeño Jones» (…) era un joven de diecisiete años, muy pequeño para su edad, hijo de un sastre, que al parecer había logrado entrar en palacio trepando por la pared del jardín y colándose por una ventana abierta. pág. 157

Pero el malestar y la preocupación no eran las únicas consecuencias de la pésima dirección del personal del palacio. El derroche, los excesos y la malversación que de ello se derivaban eran inconmensurables. Se repartían incentivos ridículos y abundaban las conductas incorrectas de todo tipo. Por ejemplo, existía una norma antigua e inmutable según la cual si una vela había sido encendida una vez no podía volver a encenderse, y qué ocurría con las velas usadas era todo un misterio. Al examinar las cuentas, al príncipe le llamó la atención un gasto semanal de treinta y cinco chelines en <<Vino para el salón Rojo». Se informó sobre el asunto y, tras muchos esfuerzos, descubrió que en tiempos de Jorge III en el castillo de Windsor había una sala con tapices rojos que se utilizaba como cuarto de la guardia, y que se habían asignado cinco peniques diarios para adquirir el vino de los oficiales. Hacía tiempo que la guardia se había trasladado a otro lugar, pero el pago por vino para esa sala continuó, y quien recibía el dinero era un empleado a media paga que ocupaba el provechoso cargo de ayudante de mayordomo.

Después de una investigación laboriosa y una lucha encarnizada con la multitud de intereses y derechos adquiridos tras largos años de desidia, el príncipe logró llevar a término una reforma total. págs.159 -160

El cinismo y sutileza se habían secado y consumido, y el deber, el trabajo, la moralidad y la vida familiar se habían impuesto a todo lo demás. Incluso las sillas y las mesas habían adquirido, como poseídas por una receptividad peculiar, las formas de una decorosa solidez. La era victoriana estaba en pleno desarrollo.

(…)

Solo hacía falta una cosa más: debía darse expresión material a los nuevos ideales y a las nuevas fuerzas para que pudieran revelarse en toda su gloria ante los ojos de un mundo perplejo. Era Alberto quien habría de satisfacer esa necesidad. Meditó y le llegó la inspiración: pensó en la Exposición Universal. Sin consultarlo con nadie, reflexionó sobre los detalles de su idea con minuciosidad. pág. 169

Entonces, la furia de sus enemigos alcanzó su punto culminante. Los modernos, los cautos, los proteccionistas, los píos, todos se sumaron a aquel revuelo. Se había comentado que la Exposición Universal serviría de punto de reunión para todos los rufianes de Inglaterra, para los descontentos de toda Europa, y que el día de su inauguración se producirían disturbios, tal vez incluso una revolución. Se aseguró que el techo de cristal era poroso, y que los excrementos de cincuenta millones de gorriones destruirían por completo cualquier objeto que hubiera debajo de él. Los inconformistas, agitados, declararon que la Exposición Universal era una empresa arrogante y perversa que atraería irremediablemente el castigo de Dios sobre la nación. El coronel Sibthorpe, en el debate en el Parlamento, le pidió al cielo que descargara rayos y granizo sobre aquel maldito lugar. El príncipe, armado con una perseverancia de acero y una paciencia infinita, siguió adelante con su proyecto. Su salud resultó muy afectada: sufría de insomnio permanente y se le agotaron las fuerzas (…) El volumen de su trabajo aumentaba a diario (…) El 1 de mayo de 1851 la reina inauguró la Exposición Universal ante una nutrida concurrencia, entre escenas de gran esplendor y entusiasmo triunfal. pág. 172

La guerra de Crimea trajo consigo nuevas experiencias, la mayoría de ellas agradables. Era agradable ser patriota y belicosa, seleccionar las oraciones adecuadas para ser leídas en las iglesias, recibir noticias de victorias gloriosas, y de reconocerse con mayor orgullo que nunca, la representante de Inglaterra. Con esa espontaneidad tan propia de ella, Victoria vertió su sentimiento, su admiración, su pena y su amor sobre sus «queridos soldados». Cuando es colgaba las medallas, su exultación no conocía límites. «¡Son hombres tan nobles!», le escribió al rey de los belgas.

Los siento como si fueran mis hijos; mi corazón late por ellos como lo hace por mis seres más queridos. pág. 226

Victoria había hecho un nuevo amigo: de repente se había dejado cautivar por Napoleón III. Al principio había sentido una fuerte aversión hacia él (…) Durante mucho tiempo, pese a ser su aliado, la reina: se negó a reunirse con él, pero finalmente se concertó una visita del emperador y la emperatriz a Inglaterra. En cuanto lo vio aparecer en Windsor, a Victoria se le ablando el corazón. (…) Según Victoria) Napoleón era

tan tranquilo, tan sencillo, naïf, incluso, tan dispuesto a aprender cosas que ignora, tan sutil, tan prudente, digno y modesto, tan atento con nosotros que nunca dice una palabra o hace nada que pudiera disgustarme. […] Hay algo fascinante, melancólico y deslumbrante que resulta muy atractivo, pese a la prevención que se pueda tomar hacia él, y desde luego sin contar con la ayuda de su aspecto, aunque a mí me gusta su cara.

Victoria observó también que montaba a caballo «maravillosamente bien, y que tiene un porte elegante sobre el animal, pues se sienta muy erguido». Bailaba «con gran dignidad y espíritu». Pero sobre todo escuchaba a Alberto; lo escuchaba con la atención más respetuosa; demostraba satisfacción por «ser informado sobre cosas que desconocía» págs. 228 – 229

Victoria también intimó con la emperatriz, cuyo aspecto y elegancia admiraba sin un ápice de envidia. Sin duda, Eugenia, en la plenitud de su belleza, exquisitamente vestida con maravillosas crinolinas parisinas que realzaban su alta y esbelta figura podría haber encendido la envidia en el pecho de su anfitriona quien, de estatura baja, más bien rechoncha, poco agraciada vestida con ropa corriente de colores estridentes, difícilmente podría sentirse a gusto en su compañía. Pero Victoria no albergaba ningún sentimiento de ese tipo. A ella poco le importaba que se le enrojeciera el rostro con el calor y que su sombrero de copa chata de color morado estuviera pasado de moda, mientras que Eugenia, estupenda y a la última, flotaba entre volantes a su lado. Ella era la reina de Inglaterra, ¿no era eso más que suficiente? Sin duda parecía serlo, la majestad era suya, y Victoria lo sabía. pág. 230

Había algo que deseaba y no podía obtener. ¿Qué era? ¿Algún tipo de apoyo, absoluta e indescriptible? ¿Un éxito extraordinario y sublime? Posiblemente se tratara de una mezcla de ambas cosas. ¡Dominar y ser comprendido! ¡Conquistar, mediante la misma influencia triunfante, la sumisión y el aprecio de los hombres; eso merecería realmente la pena! Pero Alberto se daba cuenta de que, en su situación, sus fantasías solo podían recibir una respuesta muy débil. ¿Quién había allí que lo apreciara de verdad? ¿Quién podía apreciarlo en Inglaterra? (…) No cabía duda de que había logrado causar impresión; era cierto que se había ganado el respeto de sus colegas, que habían reconocido su probidad, diligencia y precisión, que era un hombre muy importante e influyente. ¡Pero qué lejos, qué sumamente lejos quedaba aquello del objetivo marcado por su ambición! ¡Qué débiles y fútiles parecían sus esfuerzos ante esa acumulación de torpeza, insensatez, descuido, ignorancia y confusión a las que enfrentarse! Tal vez tuviera la fuerza o el ingenio para introducir algún pequeño cambio por aquí o por allí, para corregir algún detalle, eliminar alguna anomalía, para insistir en alguna reforma necesaria, pero el núcleo de ese terrible organismo permanecía intacto. Inglaterra seguía avanzando torpemente, impenetrable y orgullosa, fiel a su actitud intolerable. y él se había lanzado al encuentro del monstruo, con determinación férrea y los dientes apretados, pero se lo habían quitado de encima. págs.242 -243

La muerte del príncipe consorte marcó el momento crucial en la historia de la reina Victoria. Sentía que su vida se había agotado con la de su marido y que los días que le quedaban en este mundo habrían de ser sombríos: una suerte de epílogo a un drama que ya había terminado. Y su biógrafo tampoco se libra de una sensación similar; también para él la última mitad de su larga carrera es una etapa sombría. Los primeros cuarenta y dos años de la vida de la reina están iluminados por una gran cantidad de información, auténtica y variada. Con la muerte de Alberto, un manto desciende sobre ella. En contadas ocasiones, a intervalos irregulares e inconexos, ese manto se alza durante un instante y se adivinan algunos contornos, unos pocos detalles significantes, pero el resto sigue siendo conjeturas y ambigüedad. Así, aunque la reina sobrevivió a esa dolorosa pérdida durante casi tantos años como llevaba de vida antes de que se produjera, la crónica de esos años no es comparable con la historia de la primera mitad de su vida. Tendremos que conformarnos con un breve resumen.pág.252

Había abierto los ojos a la realidad de Prusia, cuyos designios con respecto a Austria estaban a punto de culminar en la guerra de las Siete Semanas. Pasando precipitadamente de un extremo al otro, ahora Victoria instaba a sus ministros a intervenir con la fuerza de las armas en apoyo de Austria. Pero fue en vano.

Su actividad política no fue mejor recibida por la población que su reclusión de la sociedad. A medida que transcurrían los años y el duelo real seguía tan intenso como siempre, se agravó la animadversión de la gente. Se observaba que el retiro prolongado de la reina no solo proyectaba una sombra de pesimismo sobre la alta sociedad, no solo privaba a la población de su esplendor, sino que producía un efecto perjudicial sobre el negocio de la confección de ropa, sombreros y calcetería. Esta última consideración tenía un peso muy importante. Finalmente, a principios de 1864, se difundió el rumor de que Su Majestad estaba punto de abandonar el luto, lo cual produjo un gran júbilo en la prensa, pero lamentablemente resultó que el rumor carecía débase real. Victoria escribió de su puño y letra una carta a The Times para notificarlo. pág. 263

(…) ajena a los anhelos de la imaginación, nunca se perdió en esa nebulosa del espíritu donde los sentimientos y los antojos se confunden. Sus emociones, con toda su intensidad y exageración, mantenían la textura sencilla y prosaica de la vida cotidiana, por lo que era normal que Victoria las expresara con la misma sencillez. Al final de una carta oficial, le escribió a su primer ministro «afectuosamente suya, V. R. y yo». En estas palabras se manifiesta la naturaleza profunda de sus sentimientos. El Hada tenía los pies en el suelo; era el cínico estratega quien flotaba por el aire. pág. 300

Disraeli, que de pronto había virado hacia un nuevo imperialismo, había sugerido que la reina de Inglaterra debería convertirse en emperatriz de la India. Victoria aceptó la idea con afán y comenzó a presionar a todas horas a su primer ministro para que llevara a la práctica su propuesta. Él puso objeciones, pero Victoria no estaba dispuesta a ceder y en 1876, pese a su oposición y a la del gabinete en pleno, Disraeli se vio obligado a añadir a los problemas de una sesión difícil el proyecto de reforma del Título Real 43. Sin embargo, el hecho de que al final lo hiciera conquistó el corazón del Hada. La medida recibió furiosos ataques en las dos Cámaras, y Victoria se emocionó profundamente por la fuerza con que Disraeli la defendió. Se sentía, dijo, muy dolida por los problemas y las molestias» a los que él estaba sometido; temía ser ella la causante y jamás olvidaría todo lo que le debía a su «amable, considerado y buen amigo». Al mismo tiempo, volcó su ira sobre la oposición. Declaró que su conducta era «extraordinaria, incomprensible y equivocada» y, en una frase enfática que parecía contradecirse consigo misma tanto como con las acciones de Victoria, exclamó que le gustaría «¡que todo el mundo supiera que se trataba de un deseo que la habían obligado a cumplir!».pág. 301

¡ Ah, si la clase alta aprendiera a vivir como ella lo hacía en la sobriedad de su santuario en Balmoral! Victoria encontraba cada vez más solaz y bienestar en sus dominios de las Highlands, y dos veces al año, en primavera y en otoño, suspiraba aliviada y emprendía el camino hacia el norte, (…) Victoria también se sentía muy unida a los «sencillos montañeses» de quienes, según sus propias palabras «aprendía tanto sobre la resignación y la fe». Smith y Grant, Ross y Thompson. . ., la reina los apreciaba a todos, pero por encima del resto, apreciaba a John Brown. El criado del príncipe se había convertido en el asistente personal ele la reina, en el sirviente del que jamás se separaba, que la acompañaba en sus salidas a caballo, la atendía durante el día y dormía en una estancia contigua por la noche. A Victoria le gustaba su fuerza, su solidez, la sensación de seguridad física que le transmitía; le gustaban incluso sus modales rudos y su lenguaje tosco y poco complaciente. Victoria le permitía que se tomara unas libertades que habrían sido impensables para cualquier otro de sus sirvientes. Acosar a la reina, darle órdenes y reprenderla. . ., ¿quién podría siquiera soñar con semejante osadía? Y, sin embargo, cuando Victoria recibía ese trato por parte de John Brown, sin duda parecía disfrutarlo. Aquella excentricidad era realmente extraordinaria, pero, después de todo, no es infrecuente que una vida autocrática le permita a un sirviente de confianza e indispensable que adopte hacia ella una actitud de autoridad absolutamente prohibida a familiares o amigos: el poder de un subordinado, como por arte de magia, sigue siendo el propio poder, aun cuando sea ejercido sobre uno mismo. Cuando Victoria acataba con docilidad las órdenes repentinas de su secuaz de que se bajara del poni o se pusiera el chal, ¿no estaba ejerciendo, y en grado sumo, la fuerza de su propia voluntad? págs.310- 311

Los últimos años fueron apoteósicos. En la imaginación deslumbrante de sus súbditos, Victoria ascendía y se adentraba en las regiones de la divinidad a través de un nimbo de la gloria más pura. Las críticas cesaron. Los defectos que, veinte años antes habría admitido todo el mundo, ahora todo el mundo los pasaba por alto. (…) En efecto, los cambios decisivos que habían convertido la Inglaterra de 1837 en la Inglaterra de 1897 parecían haberle pasado por el lado sin que ella hiciera nada. El increíble desarrollo industrial de la época, cuya importancia Alberto había comprendido tan bien, significaba más bien poco para Victoria. El sorprendente movimiento científico que Alberto había valorado con el mismo interés, había dejado fría a la reina. Su idea del universo Y del lugar del hombre en él, y de los grandes problemas de la naturaleza y la filosofía, no experimentó el menor cambio a lo largo de su vida. Su religión era la que había aprendido de la baronesa Lehzen y de la duquesa de Kent. También aquí cabría suponer que las opiniones de Alberto podrían haber influido en ella. (…) La piedad de Victoria, absolutamente auténtica, encontró cuanto necesitaba en las serenas exhortaciones del anciano John Grant y en los dichos arrebatados de la señora P. Farquharson. Ambos poseían las cualidades que, con tan solo catorce años, Victoria había admirado con sinceridad en la «Exposición sobre el Evangelio de San Mateo» del obispo de Chester; le parecían «sencillos y comprensibles y llenos de verdad y de buenos sentimientos». La reina que dio su nombre a la época de Mill y de Darwin nunca fue más allá.

Victoria estaba igualmente alejada de los movimientos sociales de su tiempo. Se mantuvo tan inflexible ante los cambios pequeños como ante los más relevantes. Durante su juventud y madurez, la alta sociedad tenía prohibido fumar, y a lo largo de su vida Victoria no se planteó levantar la sanción contra esa costumbre. (…) Cabría suponer que una soberana habría dado su aprobación a una de las reformas más vitales que su época vio nacer –la emancipación de la mujer-, pero, por el contrario, la simple mención de la propuesta le encendía la sangre. págs. 340 – 341

Durante ese primer período, Victoria no fue más que un mero accesorio; durante el segundo, los hilos del poder, que Alberto había tramado con tanto esfuerzo, inevitablemente cayeron de las manos de Victoria y fueron a parar a las del señor Gladstone, lord Beaconsfield y lord Salisbury. Tal vez, absorta como estaba en la rutina y habida cuenta de que le resultaba difícil distinguir con claridad entre lo trivial y lo esencial, Victoria apenas se diera cuenta de lo que estaba sucediendo. Sin embargo, hacia el final de su reinado, la Corona atravesaba el momento de mayor debilidad de la historia de Inglaterra. Paradójicamente, Victoria recibió los más altos elogios por aprobar una evolución política que, si la reina hubiera entendido su importancia, le habría provocado gran malestar.

Queen Victoria Vanity Fair 17 June 1897
Wikipedia

Si bien, en todos estos sentidos, la reina y su época estaban muy alejadas, entre ambas existían también bastantes puntos de contacto. Victoria entendía a la perfección el significado y el atractivo del poder y la propiedad, y la nación inglesa también había aprendido mucho al respecto. Durante los últimos quince años de su reinado –la breve administración liberal de 1892 fue un mero interludio- el imperialismo era el credo dominante en el país. Y también el de Victoria. En esa dirección, y no en otra, permitió que su mente evolucionara. Bajo la tutela de Disraeli, los dominios británicos en el extranjero habían cobrado mucha más importancia para ella que en el pasado; en particular, Victoria se había enamorado de Oriente. La sola idea de la India la fascinaba; comenzó a estudiar un poco de indostaní, contrató a sirvientes indios, que se convirtieron en sus asistentes inseparables, y con el tiempo, uno de ellos, Munshi Abdul Karim, llegó a ocupar prácticamente la misma posición que John Brown. págs. 343– 344

No obstante, este prestigio no era tan solo el resultado de los cambios en el ámbito público; era también un asunto intensamente personal. Victoria era la reina de Inglaterra, la emperatriz de la India, el eje central alrededor del cual giraba la magnífica maquinaría y ¡cuantísimas cosas más! En primer lugar, era una mujer mayor, cualidad casi indispensable para ser popular en Inglaterra. Había dado muestras de una de las características más admiradas de la raza: una vitalidad inagotable. Había reinado durante sesenta años y allí seguía. Y además, era todo un personaje. Los trazos de su carácter estaban muy marcados y, aun entre las brumas que rodean a la realeza, se distinguían claramente. En la imaginación popular, su figura familiar ocupaba un lugar definido y memorable. A ello se añadía que era la clase de figura que despertaba enseguida la admiración y las simpatías de la mayoría de la nación. Su gente valoraba la bondad sobre cualquier otra cualidad humana y Victoria, que a los doce años había dicho que sería buena, había mantenido su palabra. El deber, la conciencia, la moralidad… ¡Sí! A la luz de esos faros había vivido siempre la reina. Era su sinceridad la que la hacía ser a la vez impactante, encantadora y ridícula. Victoria se movía por la vida con la seguridad imponente de alguien a quien le resultaba imposible ocultarse, tanto de quienes la rodeaban como de sí misma. Allí estaba ella, nada menos que la reina de Inglaterra, íntegra y evidente; el mundo podía aceptarla o rechazarla; ella ya no tenía nada más que demostrar, o explicar, o modificar, de modo que siguió su camino subida a su impresionante carruaje. págs.346- 347

 

_______________________________________

________________________________________________________

El ardor de la sangre, Irène Némirovsky.

7 agosto 2012

¿Tan difícil es ser feliz? Yo creo que el Molino Nuevo tiene algo que calma. Siempre he soñado con una casa junto al río, despertarme por la noche, bien calentita en mi cama, y oír el agua y pronto, un niño –añadió soñando en voz alta-. Dios mío, si a los veinte años supieras lo sencilla que es la vida.pág.21

Así habla Hélène al principio de la novela. Parece que todo va a seguir en esta línea. Este ambiente bucólico y apacible se irá disolviendo para mostrar la auténtica realidad y los secretos de los personajes. El narrador es su primo Sylvestre o Silvio, un aventurero que ha regresado viejo y pobre, según él mismo dice, a casa; lejano el sentimiento que da título a la novela contribuye al contraste entre lo que se deja ver en la superficie y lo que se va a descubrir. La portada de esta edición no es muy afortunada, demasiado sofisticada.

En las reuniones de gente madura se respira una especie de imperturbabilidad; los organismos han digerido todos los platos pesados, amargos y picantes de la vida, han metabolizado todos los venenos, y durante diez o quince años permanecen en un estado de perfecto equilibrio, de envidiable salud moral. Están satisfechos de sí mismos. (…) Dentro de unos años, volverá a agitarlos una sorda inquietud, que esta vez será la de la muerte; pág.27

¡Extraña locura! El amor a los veinte años se parece a un acceso de fiebre, a un delirio. Cuando termina, cuesta recordar otros… El ardor de la sangre, que se apaga pronto. . . Ante aquella llamarada de sueños y deseos, qué viejo, qué frío, qué sensato me sentía.pág.48

Pero ¿cómo explicar cuánto me satisface esa vida? Disfruto con cosas sencillas que están a mi alcance: una buena comida, un buen vino, este cuaderno en que garabateo, que me proporciona una sarcástica y secreta alegría, y, sobre todo, la divina soledad. pág.64

Es muy propio de ti, muy propio de una mujer virtuosa decirle a su marido que lo ocurrido hace veinte años sólo fue un momento de locura. ¡Ya! ¿Un momento de locura? Pues yo digo que sólo viviste entonces y que después has hecho como que vivías, has imitado los gestos de la vida; pág.123

El esperado, José María Guelbenzu.

5 agosto 2012

Publicada en 1984.

Hay diferentes planos que se amalgaman en esta novela. Funcionan por separado, juntos producen una sensación extraña, parecen no terminar de cohesionar una misma historia.

Por una parte, León es el protagonista de la línea argumental que corresponde a la novela de iniciación. Él mismo es el narrador que rememora desde su madurez, en primera persona, el verano de 1959, cuando contaba 15 años. Lo hace con un matiz intimista, más como observador que como protagonista. Va narrando cómo los nuevos acontecimientos, que empiezan con el viaje a casa de un amigo del colegio para pasar el verano, influyen en él y le van descubriendo realidades desconocidas. La novela se abre con un nombre: Regina. Será decisivo para León, una obsesión que lo perseguirá todo el verano y le descubrirá qué es una mujer. Completa el retrato del adolescente su miedo a la noche. El motivo de este viaje es la invitación de Jaime, un nuevo amigo del colegio, que tiene la fascinación y el peligro de los repetidores en el pasado: Alguien mayor, con más camino descubierto. Juntos pasarán los meses de verano. El camino iniciático de León empieza con este viaje.

Por otro lado, un narrador en tercera persona desgrana otro hilo argumental relacionado con la familia de Jaime. Esta trama es entre policíaca y de un dramatismo llevado al extremo. Regina, tía de su amigo, es el personaje misterioso que se presenta como fundamental. Aparece en pocas ocasiones, pero su presencia es sentida como transformadora por León para quien pasa a ser una obsesión. Descubre en ella qué es una mujer. Ambos argumentos forman la novela. León asiste como testigo a los acontecimientos que van sacando a la luz las verdades más ocultas de la familia de Jaime. Los sucesos más importantes transcurren dejando a León a un lado, porque no es su historia. A él le corresponde transformarse al tiempo que trata de comprender lo que está ocurriendo ante su mirada. Esto lo sabemos por la voz del narrador adulto que rememora aquel verano. El encuentro final de León y Regina es extraño, forzado, ¿Por qué era tan importante? Toda la fascinación que podía producir ya estaba narrada.

La historia de la familia tiene cierto aire de hermetismo, se va conteniendo todo hasta el final, se dosifica la información e incluso se dan falsas pistas, como el personaje del lobero. Recuerda la atmósfera de la película Rebeca, en este caso con un efecto final opuesto, porque al descubrirse todo quizás resulte excesivo, la historia se eleva a un grado de depravación mítica. León, todavía niño, queda siguiendo estas falsas pistas sin poder imaginar lo que realmente ocurre. El lector tampoco. Hay un tercer elemento: el tono de la novela. Sobre todo en las descripciones, es lírico, muy barroco. Hacen que te detengas en ellas, que las observes y disfrutes, son un aparte en la narración. Unas son precisas, con un léxico exquisito como las de la casa y los personajes. Otras son más líricas como la llegada del viento del norte que ocupa el capítulo que precede al desenlace tras el viaje en barco a la isla donde vive Regina.

En el, por lo general, trabajoso camino que cualquier ser humano debe recorrer en busca de lo más preciado para él, esto es, la propia identidad, es tal la cantidad de desviaciones que debe tomar –buena parte de ellas insospechadas- que la reconstrucción del trayecto no estará lejos, tampoco lo estará su representación, es decir, la figura de identidad del famoso «nudo» de Leonardo, cuya preciosa complejidad se resuelve en un solo golpe de vista con tan fascinante belleza porque está diseñado en trazo continuo de principio a fin y en cuyo centro aparece la divisa que lo rubrica. pág.57

Hay un momento en la vida de cualquier muchacho en el que, pese a tener amigos, compañeras, turbias conversaciones sobre mujeres, juegos de pseudonoviazgo y amagos de calabazas, una mujer le hace sentir que es una mujer; esa manifestación suprema contiene una revelación radical y definitiva partir de tal momento o suma de momentos, abandona irrevocablemente el territorio en el que se definía para instalarse en otro, con su memoria personal por toda propiedad; queda marcado y su marca será estigma o corona, pero ni él mismo, ni siquiera su propia imaginación, podrán volver atrás nunca como no sea para Interrogarse acerca del nuevo reino que se extiende ante su vida. Ah1.ora es un hombre que ya se mueve entre luces y sombras y todo cuanto le acontece está señalado por la complejidad y la contradicción; pág.85

El mundo que tan cuidadosamente encajaba como un puzle, pieza por pieza, en mi cabeza y en mi corazón, haría más que saltar por los aires a partir de aquellas primeras e insolubles contradicciones: iba a quebrar, con la frivolidad y la crueldad de un juego inexcusable, el paisaje de cristal de mis convicciones sentimentales de pubertad.pág.123

(…)pero un acontecimiento alteró la tarde de modo tan insólito que todavía hoy lo recuerdo con exagerada precisión, pues a partir de él cambiaron de tal modo las tornas que aquel verano dejó de ser una atrayente aventura juvenil para convertirse en mi primer encuentro con el abismo.pág.189

Con el agua al cuello, Petros Márkaris.

28 julio 2012

No parecía la lectura más adecuada este verano. Se mezcla la realidad de las noticias diarias en la radio y los periódicos con la novela, que transcurre en el momento álgido de la crisis en Grecia, cuando poníamos nuestras barbas a remojar. Vemos cómo van llevando la vida cotidiana entre recortes, anuncios de más recortes, huelgas…El argumento se centra en una serie de crímenes también relacionados con la situación de crisis y los bancos. El comisario Kostas Jaritos va siguiendo su propia intuición, como buen detective, a pesar de sus superiores. La trama se va resolviendo de una manera sorprendente al tiempo que conocemos la situación de la familia del comisario.

-Cuando las cosas se ponen difíciles, tenemos que ayudarnos unos a otros. Así me criaron, Kostas. Cuando un vecino tenía problemas, el barrio entero acudía para echarle una mano. También a mí me criaron así, de modo que sobran las palabras. Vaya la sala de estar para ver la televisión. En cuanto se enciende la pantalla, aparece el titular: «Los bancos amenazan». pág.168

-¿Qué ha pasado? ¿La gente ya no vende sus tierras para comprar el último modelo del Jeep Cherokee, como me dijo?-Ni venden tierras ni compran Jeeps y Mercedes. No hay dinero, señor comisario. Nos arrastra la resaca financiera. Mientras el dinero circulaba, había trabajo; unos vendían tierras para comprar todoterrenos, otros se compraban las tierras aunque para ello tuvieran que pedir un préstamo. Circulaba el dinero, y eso es lo que importa. Pero ahora dicen que todo se hacía en negro y que, para sanear la economía, tiene que circular dinero blanco. El buen pan es el negro, el buen dinero es el blanco. Eso dicen ahora. Pero ¿qué haces cuando no circula dinero de ningún tipo? Le diré una cosa: cuando aprieta el hambre, comes pan blanco aunque no sea tan bueno para la salud, y cuando se aprieta demasiado el cinturón necesitas dinero, aunque sea negro. Si quiere mi opinión, el dinero no tiene color. El dinero es como el coche. Para que el motor arranque, tiene que circular. Si no lo sacas del garaje, se queda sin batería. Y así estamos. –Calla unos segundos y vuelve a la realidad-o Pero usted no ha venido para escuchar discursitos sobre el dinero.pág.199

Lectora indecisa

7 enero 2012
tags:

No sé qué libro voy a leer ahora. Después de Crematorio y Los enamoramientos necesito leer algo de acción, al menos que no haya un narrador sin parar de darle vueltas a todo. Que pasen cosas. Cuesta decidirse por un nuevo libro después de estar enganchada y de haber tenido vacaciones para poder leer a gusto. Hay que contar con un horario más limitado. Un propósito para el nuevo año es leer todos los libros que compro sin pensar que tu tiempo y vista son limitados. A estos añadimos todos los que se pueden releer, que están ahí como una silenciosa y grata compañía arropando las paredes. Últimamente es habitual que empiece y deje después de varias páginas dos o tres hasta que uno me atrapa, o que elija otro que lleva tiempo esperando y siempre tengo ganas de leer y tampoco sea el momento. ¿Mankell o cualquier novela policiaca, cuentos para la transición a otra novela?, no sé. A estos hay que añadir los que te recomiendan o los que has visto en reseñas…Me apetecía de estos Yo confieso, pero tendría que comprarlo y va contra mis propósitos. Voy a la estantería de espera a rebuscar. 
A %d blogueros les gusta esto: