La nieta del señor Linh. Paul Claudel
En una entrada de este discontinuo blog reflexionaba sobre el prejuicio que me producen ciertos libros. Este es uno de ellos. Lo leí porque fue el propuesto en el club de lectura. No intuí su condición, la portada me inclinó a pensar que más bien sería un libro duro, de guerra.
Para conseguir lo que aparentemente pretendía el autor hay que escribir muy bien. La historia es inverosímil: la nieta parece de plástico. La lleva y la trae su abuelo debajo del brazo por medio mundo, come arroz a las doce semanas, no llora, no hay que lavarla más que de vez en cuando…si es una novela lírica, pues mejor no mencionar la comida ni esas minucias. Llega el señor Linh al refugio en el nuevo mundo y nadie se ocupa de la nieta, ni la miran, se la dejan allí con él, lo mismo ocurre al final. El señor Linh, por su parte, pretende demostrar que es posible la comunicación y la amistad entre personas muy diferentes sin necesidad de entenderse con las palabras. No habla el idioma de quienes lo rodean en su nuevo país, quienes sí hablan su idioma en el refugio son más bien hostiles. Primero, no se atreve a salir por si se pierde, va saliendo, conoce a un señor y se hacen amigos, se supone que se entienden perfectamente porque uno le toca el hombro, el otro se ríe, etc. Ninguno aprende ni una palabra del idioma del otro. Un día van a tomar café y el señor Linh vuelve después a su centro sin problemas, pero aún va más lejos el asunto, se lo llevan a las afueras de la ciudad y es capaz de encontrar el parque y a su amigo medio descalzo, en pijama y con la niña en brazos, de nuevo inverosímil, nadie lo detiene. Las novelas que pretenden demostrar algo, sobre todo relacionado con sentimientos humanitarios, tolerancia, etc. suelen dar mal resultado. Quizás porque esos sentimientos en estado puro no existen, como pretenden estas obras, los personajes acaban pareciendo tontos o sin terminar de dibujar. Algunas explicaciones, también el sueño del señor Linh en las últimas páginas, apuntalan lo que el narrador parece no estar muy seguro de transmitir. El final busca un desolador golpe de efecto y burla, pero no se puede empatizar con un personaje que no se ha hecho real; es dolorosa la idea, nada más. El lector ha sido engañado.
El señor Linh espera que la voz siga hablando. Aunque ignora el significado de las palabras de aquel hombre que lleva ya unos minutos a su lado, le gusta oír su voz, su timbre profundo, su grave fuerza. Por otra parte, puede que le guste oírla porque no entiende las palabras y sabe que no lo herirán, que no le dirán lo que no quiere oír, que no le harán preguntas dolorosas(…) Pág.23
(…) Acaba de darse cuenta de que es tarde y no ha traído nada para darle de comer a su nieta. Tiene que volver antes de que se despierte. Antes de que llore de hambre. Nunca llora, pero precisamente el anciano esperas que siempre sea así, que nunca llore mientras él sepa cuidar de ella (…) Pág. 40
Crítica de José María Guelbenzu en El País :
El borde de la extrañeza, JOSÉ MARÍA GUELBENZU 15/04/2006
























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