Lectora prejuiciosa

Me sucede algo con ciertos libros que no sé si es un defecto o una virtud. No tengo prejuicios en cuanto al lugar donde comprarlos; compro igual en una librería pequeña, de las de toda la vida, en una de tres plantas, en grandes superficies, kioscos o gasolineras, cualquier lugar es bueno. Tampoco los tengo con los libros considerados best sellers, hay muchos que me han gustado, restando puntos a mi pedigrí como lectora; he leído con gusto y afición los tres de Stieg Larsson; leí, por ejemplo, Parque jurásico con el mismo gusto que vi la película, en su día.
Cuando recorro una librería, hay libros que no llaman mi atención, editoriales ante las que nunca paro porque no son el tipo de obras que me gustan, simplemente, no los veo. Estoy hablando de un primer contacto visual; reconozco inmediatamente mis editoriales preferidas y donde suele haber algo con posibilidades. Una segunda etapa es el contacto físico con el libro, la portada, su ilustración y la información que resume la obra. Este es el camino cuando se va de librerías sin idea previa, sin buscar nada en concreto, es una lástima que no se puedan probar, como la ropa.
Es en este paso inicial, incluso en uno anterior: el de oídas, es decir, la información previa de lectores conocidos y también de la publicidad, donde ciertos libros se quedan para mí. Se pone en marcha en mi cerebro un mecanismo de defensa que me obliga a desviarme del pasillo o expositor donde están, me da un repelús cuando veo las portadas que, por supuesto, me impide leerlos. Algunos los he tenido que leer para no quedar mal con quien te los presta, regala o te insiste durante meses. La mayoría de las veces mi sexto sentido era acertado: nunca debería haber leído ese libro, porque siempre se produce un ya lo sabía yo, si no falla, con la de libros buenos que hay sin leer, a cualquier cosa llaman literatura, menuda cursilada, etc. Por ejemplo, me ocurrió con La sombra del viento. Algunos libros que veo por las estanterías y me provocan este estado de alarma ahora son, también como ejemplo, El niño con el pijama de rayas, Firmin , La elegancia del erizo o Historia de una gaviota y del gato que le enseñó a volar, que llevan meses mirándome desde sus pedestales. He tratado de analizar racionalmente el problema: Los cuatro desprenden un halo de cursilería. Libros y películas con niños y bichos son muy peligrosos, muy proclives al melodrama pasteloso. En cuanto al niño con el pijama, hay temas con los que no se puede hacer nada gracioso e ingenuo, creo, hay que escribir sobre ello como testimonio, para que nuca se nos olviden; Además, me recuerda a la película La vida es bella que nunca he visto por la misma razón, pero de la que he tenido suficiente empalago con los fragmentos vistos esporádicamente en televisión; caí con otra película cuya protagonista me da ese repelús: Amélie, al asociarla tontamente con Delicatessen. En cambio, sí me gusta otro dramón de título parecido a la primera: Qué bello es vivir, la de Frank Capra, claro, o Matar a un ruiseñor, libro y película, también con niños (diría que una de mis favoritas) o, para no ir de snob, Harry Potter: libro con niño y best seller donde los haya, incluso he llorado con Bambi. Pero la rata, el erizo, la gaviota y el pobre niño, no…quizás me equivoque, es lo malo de los prejuicios: que no dan oportunidades ¿Algún día leeré alguno?
























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