Pólvora negra. Montero Glez

El argumento, tal y como se presenta en la contraportada, es el atentado a Alfonso XIII en el día de su boda con Victoria Eugenia, mayo de 1906, centrado en la figura de Mateo Morral, su autor. Lo peculiar de la novela es el estilo elegido. El narrador en tercera persona se sitúa en la línea de los grandes, de quienes nos contaron la historia del siglo XIX y de principios del XX. Difícil, desde luego. Las primeras páginas sorprenden por la cantidad de imágenes, por el olor, el sabor, todos los sentidos quedan atrapados. Es difícil mantener esto en una novela, no desaparecen, pero pierden intensidad, queda, eso sí el olor y la mugre. Recordando aquella definición de Valle Inclán al hablar de su teatro: Las tres formas de mirar a los personajes:
–Comenzaré por decirle a usted que creo hay tres modos de ver el mundo artística o estéticamente: de rodillas, en pie o levantado en el aire.
Cuando se mira de rodillas -y ésta es la posición más antigua en literatura-, se da a los personajes, a los héroes, una condición superior a la condición humana, cuando menos a la condición del narrador o del poeta. Así Homero atribuye a sus héroes condiciones que en modo alguno tienen los hombres. Se crean, por decirlo así, seres superiores a la naturaleza humana: dioses, semidioses y héroes. Hay una segunda manera, que es mirar a los protagonistas novelescos como de nuestra propia naturaleza, como si fueran nuestros hermanos, como si fuesen ellos nosotros mismos, como si fuera el personaje un desdoblamiento de nuestro yo, con nuestras mismas virtudes y nuestros mismos defectos. Ésta es, indudablemente, la manera que más prospera. Esto es Shakespeare, todo Shakespeare. Los celos de Otelo son los celos que podría haber sufrido el autor, y las dudas de Hamlet, las dudas que podría haber sufrido el autor. Los personajes, en este caso, son de la misma naturaleza humana, ni más, ni menos que el que los crea: son una realidad, la máxima verdad.
Y hay otra tercer manera, que es mirar al mundo desde un plano superior, y considerar a los personajes de la trama como seres inferiores al autor, con un punto de ironía. Los dioses se convierten en personajes de sainete. Esta es una manera muy española, manera de demiurgo, que no se cree en modo alguno hecho del mismo barro que sus muñecos. Quevedo tiene esta manera. Cervantes, también. A pesar de la grandeza de Don Quijote, Cervantes se cree más cabal y más cuerdo que él y jamás se emociona con él. Esta manera es ya definitiva en Goya. Y esta consideración es la que me llevó a dar un cambio en mi literatura y a escribir los esperpentos, el género literario que yo bautizo con el nombre de esperpentos. http://hemeroteca.abc.es/
En esta novela, el narrador se sienta en las aceras más sucias con la mirada centrada en la bragueta de sus personajes, mirando a los ojos. Es lo destacable de todos ellos, su estética común. Hay escenas que remiten a Valle Inclán como el inicio, cuando van desfilando personajes por las calles de Madrid hacia la cárcel, para ser interrogados; el interrogatorio de algunos personajes: pintores, poetas…hace rememorar a los poetas modernistas de Luces de Bohemia; los juegos de espejos, que sirven en esta novela para seguir el culo de las camareras en los tugurios; el borracho que repite sentencias absurdas o la propuesta de poner una guillotina en la puerta del sol, en boca del propio Valle Inclán. Quizás falta un Max Estrella o el preso que Valle colocó entre tanto fantoche.
La estructura es ágil, comienza y termina después del atentado y va dando saltos en el tiempo y en los personajes de forma que aligera hábilmente la lectura, que se va haciendo un tanto pesada; sobran páginas si se elige un estilo tan atestado de imágenes, con personajes que no evolucionan, que son fantoches de principio a final, en su esencia. Sobre todo, cansan las últimas páginas, la explicación de qué fue de los personajes; de los históricos, ya se sabe y si no, hay libros de historia, del resto qué nos importa.
Un rasgo que creo transmite la novela y siempre se agradece es el entusiasmo de quien la escribe, creo que lo pasó bien buscando imágenes y dibujando escenas, quizás por eso la tuvo entre manos más tiempo de lo necesario.
(…) Ahí estaba la muy pájara. Venía con la bandeja llena y el andar pimpante (…)Pág.7
(…) Sigue diciéndole cosas con una voz que parece arrastrada por un camino de tierra (…) Pág.9
(…)Ahora, desatada la guerra intestinal del cuerpo, llamada de las jurisdicciones, los civiles se habían hecho con el control del orden, cubriendo de diarrea los uniformes militares. Desde su despacho de Gobernación, con el trasero sobre cuero bien mullido, el Cojo se aplicaba de lo lindo en repartir raciones (…) Pág.60
(…)Al igual que todo hijo de vecino, el teniente Beltrán se conocía al dedillo el árbol ginecológico de la mayoría de los invitados. En esos momentos acababa de entrar la Chata con el grotesco temblor de sus mantecas (…) Pág. 62
(…) El teniente Beltrán tenía oído que, en sus años mozos, se lo tascaba a la infanta Eulalia. Eso fue de cuando anduvo por Bolonia, clavando codos y estudiando los tejidos celulares de la sociedad con pelos en la lengua. Por aquella época, la infanta Eulalia era una joven de mantecas delicadas donde el Cojo acomodaba su pierna más corta (…) Pág.94
(…) Hip. Propaganda por helecho. Hip. Juajua. Por helecho (…) Pág.129
(…) Los espejos retrataban el conflicto, de frente y de perfil. Afuera se cerraba la noche y el rostro del pintor era igual al de un sapo que se repetía desde los distintos ángulos del local. Entonces vino la camarera rubia, y sólo tuvo que cerrar los dedos sobre el vaso de horchata, al ir a servirlo, para estimular las babas de los allí presentes (…) Pág. 131
(…)Su Ulogio era de esos que, con sólo alzar la ceja, prenden el reguero de pólvora que toda mujer esconde (…) Pág.285
(…)Discutían con entusiasmo de beodos. Uno de ellos, de barba honda y lentes empañados por fina gasa de niebla, pedía a voces la guillotina eléctrica en la Puerta del Sol. Además de su barba selvática, destacaba la manga vacía. «Hemos de fundar Salento, como hizo Robespierre» (…) Pág.289
(…)Por seguir con el juego de espejos donde los destinos rebotan y toman idénticas avenidas para acabar cruzándose (…) Pág.309
























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