Lectora caprichosa

2009 Diciembre 31
de LEOnor

Los libros también entran por los ojos y por las manos. Me ocurrió con esta colección que siempre me atraía como un imán desde su rincón, obligándome a hojear los libros, sobre todo para tocarlos: Son suaves, piel de colores sobrios y conseguidos.  A primera vista parecen agendas; sus hojas son de “papel biblia” color crema, que es más cómodo para la vista que el blanco; la letra es pequeña, pero legible, muy clara. Me gusta el tamaño, el formato estrecho y alargado. Sólo tenía un problema: son obras clásicas que se suelen tener, al menos las que hay en las librerías. Al final tuve que comprar uno, en realidad los dos tomos de Madame Bovary, tienen un color precioso. No recordaba en qué editorial lo tenía, pero seguro que sería una barata de bolsillo, con las hojas marrones si no es que leí uno de la biblioteca…con la de años que hace. Una buena ocasión para volver a leerlo. Lo estoy haciendo.  Antes de abrirlo contemplo las tapas, acaricio las hojas, busco la cinta que señala la página…y entro en casa de los Bovary. Acaban de casarse, estoy en medio de la fiesta de boda. No saben lo que les espera.

La editorial tiene una página web con todos los títulos que se pueden comprar allí, pero tiene un fallo: siempre muestra las mismas imágenes, no podemos ver cada libro, cada color…http://www.elparnasillo.es/

 

Lectora prejuiciosa

2009 Septiembre 6
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libros_prejucios

Me sucede algo con ciertos libros que no sé si es un defecto o una virtud. No tengo prejuicios en cuanto al lugar donde comprarlos; compro igual en una librería pequeña, de las de toda la vida, en una de tres plantas, en grandes superficies, kioscos o gasolineras, cualquier lugar es bueno. Tampoco los tengo con los libros considerados best sellers, hay muchos que me han gustado,  restando puntos a mi pedigrí como lectora; he leído con gusto y afición los tres de Stieg Larsson; leí, por ejemplo, Parque jurásico con el mismo gusto que vi la película, en su día.

Cuando recorro una librería, hay libros que no llaman mi atención, editoriales ante las que nunca paro porque no son el tipo de obras que me gustan, simplemente, no los veo. Estoy hablando de un primer contacto visual; reconozco inmediatamente mis editoriales preferidas y donde suele haber algo con posibilidades. Una segunda etapa es el contacto físico con el libro, la portada, su ilustración y la información que resume la obra. Este es el camino cuando se va de librerías sin idea previa, sin buscar nada en concreto, es una lástima que no se puedan probar, como la ropa.

Es en este paso inicial, incluso en uno anterior: el de oídas, es decir, la información previa de lectores conocidos y también de la publicidad, donde ciertos libros se quedan para mí. Se pone en marcha en mi cerebro un mecanismo de defensa que me obliga a desviarme del pasillo o expositor donde están, me da un repelús cuando veo las portadas que, por supuesto, me impide leerlos. Algunos los he tenido que leer para no quedar mal con quien te los presta, regala o te insiste durante meses.  La mayoría de las veces mi sexto sentido era acertado: nunca debería haber leído ese libro, porque siempre se produce un ya lo sabía yo, si no falla, con la de libros buenos que hay sin leer, a cualquier cosa llaman literatura, menuda cursilada, etc. Por ejemplo, me ocurrió con La sombra del viento. Algunos libros que veo por las estanterías y me provocan este estado de alarma ahora son, también como  ejemplo, El niño con el pijama de rayas, Firmin , La elegancia del erizoHistoria de una gaviota y del gato que le enseñó a volar,  que llevan meses mirándome desde sus pedestales.  He tratado de analizar racionalmente el problema: Los cuatro desprenden un halo de cursilería. Libros y películas con niños y bichos son muy peligrosos, muy proclives al melodrama pasteloso.  En cuanto al niño con el pijama, hay temas con los que no se puede hacer nada gracioso e ingenuo, creo, hay que escribir sobre ello como testimonio, para que nuca se nos olviden; Además, me recuerda a la película La vida es bella que nunca he visto por la misma razón, pero de la que he tenido suficiente empalago con los fragmentos vistos esporádicamente en televisión; caí con otra película cuya protagonista me da ese repelús: Amélie,  al asociarla tontamente con Delicatessen. En cambio, sí me gusta otro dramón de título parecido a la primera: Qué bello es vivir, la de Frank Capra, claro, o Matar a un ruiseñor, libro y película, también con niños (diría que una de mis favoritas) o, para no ir de snob, Harry Potter: libro con niño y best seller donde los haya, incluso he llorado con Bambi. Pero la rata, el erizo, la gaviota y el pobre niño, no…quizás me equivoque, es lo malo de los prejuicios: que no dan oportunidades ¿Algún día leeré alguno?

Mal de escuela. Daniel Pennac

2009 Agosto 23
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mal de escuela

Es de esos libros que me dispongo a leer con cierta prevención. El mundo de la enseñanza es como el fútbol: todo el mundo tiene un entrenador dentro con la solución a los males de su equipo. Los puntos de partida, normalmente,  son: la pura teoría de quien no ha visto adolescentes de todo tipo  en su salsa,  varias horas al día durante varias semanas al año, durante muchos años y a pie de pizarra tiza en mano, o, igual de alejado, la teoría epatante y novedosa que hace sonreír a dichos adolescentes y a sus profesores.

Había leído Como una novela, no recuerdo mucho de este libro del autor, me sonó a la segunda de las posibilidades. Mal de escuela es más un libro de memorias que un ensayo, creo. Cuenta  lo que ha vivido en sus clases durante su vida como profesor y también su experiencia como alumno zoquete de quien perduran los síntomas anímicos, perfectamente descritos,  en el escritor adulto. Están presentes sus alumnos reales, casos concretos que representan a los demás, sus historias son especialmente entrañables. El libro no muestra teorías sino conclusiones nacidas de la propia experiencia, rezuma ese fondo que hace que siempre gusten películas y libros de niños y escuelas, desde las Torres de Malory  de Enyd Blyton  hasta Harry Potter y todas las películas que el propio Pennac menciona. El de la escuela es un mundo especial, atemporal, esencialmente el mismo a través del tiempo y en cualquier lugar. Un grupo de alumnos con su profesor es como un experimento, tiene que haber una química especial, a veces con buenos resultados y otras termina en una mezcla explosiva. Cada época va añadiendo sus propios ingredientes. Pennac acierta señalando el consumo como el actual. Es más necesaria la intuición para saber qué registro hay que elegir en cada momento que cualquier teoría. Centra el gran conflicto profesor-alumno en la incapacidad de los primeros para comprender el estado de ignorancia en el que se cuecen sus zoquetes. Un profesor debe, sobre todo tener deseos de aprender siempre, ser más alumno curioso que profesor que lo sabe ya todo.

(…)Por aquel entonces, yo ignoraba que la lectura iba a salvarme.

En aquella época, leer no era la absurda proeza que es hoy. Considerada como una pérdida de tiempo, con fama de perjudicial para el trabajo escolar, la lectura de novelas nos estaba  prohibida durante las horas de estudio. De ahí mi vocación. De ahí mi vocación de  lector clandestino: novelas forradas como libros de clase, ocultas en todas partes donde era posible, lecturas nocturnas con una linterna, dispensas de gimnasia, todo servía para quedarme a solas con un libro. Fue el internado lo que despertó en mí esta afición. Necesitaba un mundo propio, y fue el de los libros. En mi familia, yo había visto, sobre todo, leer a los demás: mi padre fumando su pipa en el sillón, bajo el cono de luz de una lámpara, pasando distraídamente el anular por la impecable raya de sus cabellos y con un libro abierto sobre las piernas cruzadas; Bernard, en nuestra habitación, recostado, con las rodillas dobladas y la mano derecha sosteniendo la cabeza. Había bienestar en aquellas actitudes. En el fondo, fue la fisiología del lector lo que me impulsó a leer. Tal vez al comienzo solo leí para reproducir aquellas posturas y explorar otras. Leyendo, me instalé físicamente en una felicidad que aún perdura (…) Pág.83

(…)Los síntomas son rigurosamente semejantes a los de mis trece años: ensoñación, pereza, dispersión, hipocondría, nerviosismo, taciturno deleite, cambios de humor, jeremiadas y, por último, pasmo ante la pantalla de mi ordenador, como antaño ante los deberes que debía hacer, el examen que debía preparar… Aquí estoy, ríe sarcástico el zoquete que fui (…) Pág.89

Los males de gramática se curan con la gramática, las faltas de  ortografía con la práctica de la ortografía, el miedo a leer con la lectura, el de no comprender con la inmersión en el texto: la costumbre de no reflexionar con el tranquilo refuerzo una razón estrictamente limitada al objeto que nos ocupa, aquí, ahora, en esta aula, durante esta hora de clase, ya puestos a ello. Pág. 105

(…)Eran mis alumnos. (Este posesivo no indica propiedad alguna, designa un intervalo de tiempo, nuestros años de enseñanza en los que nuestra responsabilidad de profesor se encuentra por completo comprometida con esos alumnos.)Parte de mi oficio consistía en convencer a mis alumnos más abandonados por ellos mismos de que la cortesía predispone a la reflexión más que una buena bofetada, de que la vida en comunidad compromete, de que el día y la hora de entrega de un ejercicio no son negociables, de que unos deberes hechos de cualquier modo deben repetirse para el día siguiente, de que esto, de que aquello, pero de que nunca, jamás de los jamases, ni mis colegas ni yo les dejaríamos en la cuneta. Para que tuvieran una posibilidad de lograrlo, era preciso enseñarles de nuevo la propia noción del esfuerzo, devolverles por consiguiente el gusto por la soledad y el silencio y, sobre todo, el dominio del tiempo, del aburrimiento, pues (…) Pág. 143

(…) Niños clientes, pues, con o sin medios, tanto los de las grandes ciudades como los de los arrabales, arrastrados por la misma aspiración al consumo, por el mismo aspirador universal de deseos, pobres y ricos, grandes y pequeños, chicos y chicas, en un revoltillo que se traga el sifón de la única y atorbellinada aspiración: ¡consumir! Es decir cambiar de producto, querer lo nuevo, más que lo nuevo, el último grito. ¡La marca! ¡Y que se sepa! Si sus marcas fueran medallas, los chiquillos de nuestras calles sonarían como generales de opereta. Unos programas muy serios os explican, por activa y por pasiva, que de ello depende su identidad. (…) Pág. 198

 (…) En materia de asesinatos, no es inútil recordar que, una vez deducidos los ataques a mano armada, las riñas en la vía pública, los crímenes crapulosos y los ajustes de cuentas entre bandas rivales, el ochenta por ciento de los crímenes de sangre, aproximadamente, se producen en el marco familiar. Los hombres se matan ante todo en su casa, bajo su techo, en la secreta fermentación de su hogar, en el meollo de su propia miseria. Hacer pasar la escuela por un lugar criminógeno es, en sí, un crimen insensato contra la escuela (…) Pág.  205

(…) la diferencia fundamental entre los alumnos de hoy y los de ayer debe buscarse en otra parte: no llevan los jerséis viejos de sus hermanos mayores. ¡Esta es la verdadera diferencia! Mi madre tricotaba un jersey para Bernard y, cuando crecía, me lo pasaba. Y lo mismo con Doumé y Jean-Louis, nuestros hermanos mayores. Los pullovers de nuestra madre eran la inevitable sorpresa de Navidad. No llevaban marca, ni etiqueta en la que pusiera jersey mamá; sin embargo, la mayoría de los niños de mi generación llevaban jerséis mamá.

Hoy, no; la Gran Madre marketing se encarga de vestir a mayores y pequeños. Viste, alimenta, da de beber, calza, toca, equipa a cada cual, provee al alumno de electrónica, le pone sobre unos patines, bici, scooter, moto, patinete. Le distrae, le informa, le conecta, le propina una permanente transfusión musical y le dispersa por los cuatro puntos cardinales del universo consumible, ella es quien le duerme, ella es quien le despierta y, cuando se sienta en clase, vibra en el fondo de su bolsillo para tranquilizarle: Estoy aquí, no tengas miedo, estoy aquí, en tu teléfono móvil, ¡no eres un rehén del gueto escolar! (…) Pág. 235

(…) Hoy en día existen en nuestro planeta cinco clases de niños: el niño cliente entre nosotros, el niño productor bajo otros cielos, así como el niño soldado, el niño prostituido y, en los paneles curvos del metro, el niño moribundo cuya imagen, periódicamente, proyecta sobre nuestro cansancio la mirada del hambre y del abandono. Son niños, los cinco. Instrumentalizados, los cinco (…) Pág. 238

(…) me pregunto solo qué tipo de zoquete habría sido yo si el azar me hubiera hecho nacer, digamos, hace unos quince años. No cabe duda alguna: habría sido un zoquete consumidor. A falta de precocidad intelectual, me habría refugiado en esa madurez comercial que confiere a los deseos de los adolescentes la misma legitimidad que a los de sus padres. Lo habría convertido en una cuestión de principios. , Ya me parece oírme: Vosotros tenéis vuestro ordenador, ¡yo tengo derecho al mío! ¡Sobre todo si no queréis que toque el vuestro! y habrían cedido. Por amor. ¿Amor descarriado? Es fácil decirlo. Cada época impone su lenguaje, al amor familiar. La nuestra prescribe la lengua de los objetos(…) Pág. 241

 Uno de los elementos del «ello», para el que el joven profesor de hoy no está preparado, es el cara a cara con una clase de niños clientes. Es cierto que él lo fue y que sus propios hijos lo son, pero en esta clase él es el profesor (…) Estamos en la escuela, en el colegio, en el instituto, no en familia, no en unos grandes almacenes: no se satisfacen deseos superficiales por medio de regalos, se satisfacen necesidades fundamentales por medio de obligaciones. Necesidades de instruirse tanto más difíciles de colmar cuanto, antes, hay que despertarlas. Dura tarea para el profesor, este conflicto entre los deseos y las necesidades. Y dolorosa perspectiva para el joven cliente tener que preocuparse por sus necesidades en detrimento de sus deseos: vaciarse la cabeza para formarse el espíritu (…) Pág. 242

(…) la verdadera naturaleza del «ello» residiría en el eterno conflicto entre el conocimiento tal como se concibe y la ignorancia tal como se vive: la incapacidad absoluta de los profesores para comprender el estado de ignorancia en el que se cuecen sus zoquetes, puesto que ellos mismos eran buenos alumnos, al menos en la materia que enseñan. El gran defecto de los profesores sería su incapacidad para imaginarse sin saber lo que saben. Sean cuales sean las dificultades que han debido superar para adquirirlos, en cuanto los adquieren sus conocimientos se les vuelven consustanciales, los perciben como si fueran evidencia ( «¡Pero es evidente, vamos»), y no pueden imaginar que sean por completo ajenos a quienes, en ese campo preciso, viven en estado de ignorancia (…) Pág. 246  <

Daniel Pennac, el escritor ‘zoquete’ (El Ojo Crítico) Entrevista con el autor en el programa de RNE

Pólvora negra. Montero Glez

2009 Agosto 17
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polvoranegra

 

El argumento, tal y como se presenta en la contraportada, es el atentado a Alfonso XIII en el día de su boda con Victoria Eugenia, mayo de 1906, centrado en la figura de Mateo Morral, su autor.  Lo peculiar de la novela es el estilo elegido. El narrador en tercera persona se sitúa en la línea de los grandes, de quienes nos contaron la historia del siglo XIX y de principios del XX. Difícil, desde luego. Las primeras páginas sorprenden por la cantidad de imágenes, por el olor, el sabor, todos los sentidos quedan atrapados. Es difícil mantener esto en una novela, no desaparecen, pero pierden intensidad, queda, eso sí el olor y la mugre. Recordando aquella definición de Valle Inclán al hablar de su teatro: Las tres formas de mirar a los personajes:

–Comenzaré por decirle a usted que creo hay tres modos de ver el mundo artística o estéticamente: de rodillas, en pie o levantado en el aire.

Cuando se mira de rodillas -y ésta es la posición más antigua en literatura-, se da a los personajes, a los héroes, una condición superior a la condición humana, cuando menos a la condición del narrador o del poeta. Así Homero atribuye a sus héroes condiciones que en modo alguno tienen los hombres. Se crean, por decirlo así, seres superiores a la naturaleza humana: dioses, semidioses y héroes. Hay una segunda manera, que es mirar a los protagonistas novelescos como de nuestra propia naturaleza, como si fueran nuestros hermanos, como si fuesen ellos nosotros mismos, como si fuera el personaje un desdoblamiento de nuestro yo, con nuestras mismas virtudes y nuestros mismos defectos. Ésta es, indudablemente, la manera que más prospera. Esto es Shakespeare, todo Shakespeare. Los celos de Otelo son los celos que podría haber sufrido el autor, y las dudas de Hamlet, las dudas que podría haber sufrido el autor. Los personajes, en este caso, son de la misma naturaleza humana, ni más, ni menos que el que los crea: son una realidad, la máxima verdad.

Y hay otra tercer manera, que es mirar al mundo desde un plano superior, y considerar a los personajes de la trama como seres inferiores al autor, con un punto de ironía. Los dioses se convierten en personajes de sainete. Esta es una manera muy española, manera de demiurgo, que no se cree en modo alguno hecho del mismo barro que sus muñecos. Quevedo tiene esta manera. Cervantes, también. A pesar de la grandeza de Don Quijote, Cervantes se cree más cabal y más cuerdo que él y jamás se emociona con él. Esta manera es ya definitiva en Goya. Y esta consideración es la que me llevó a dar un cambio en mi literatura y a escribir los esperpentos, el género literario que yo bautizo con el nombre de esperpentos. http://hemeroteca.abc.es/

En esta novela, el narrador se sienta en las aceras más sucias con la mirada centrada en la bragueta de sus personajes, mirando a los ojos. Es lo destacable de todos ellos, su estética común. Hay escenas que remiten a Valle Inclán como el inicio, cuando van desfilando personajes por las calles de Madrid hacia la cárcel, para ser interrogados; el interrogatorio de algunos personajes: pintores, poetas…hace rememorar a los poetas modernistas de Luces de Bohemia; los juegos de espejos, que sirven en esta novela para seguir el culo de las camareras en los tugurios; el borracho que repite sentencias absurdas o la propuesta de poner una guillotina en la puerta del sol, en boca del propio Valle Inclán. Quizás falta un Max Estrella o el preso que Valle colocó entre tanto fantoche.

La estructura es ágil, comienza y termina después del atentado y va dando saltos en el tiempo y en los personajes de forma que aligera hábilmente la lectura, que se va haciendo un tanto pesada; sobran páginas si se elige un estilo tan atestado de imágenes, con personajes que no evolucionan, que son fantoches de principio a final, en su esencia. Sobre todo, cansan las últimas páginas, la explicación de qué fue de los personajes; de los históricos, ya se sabe y si no, hay libros de historia, del resto qué nos importa.

Un rasgo que creo transmite la novela y siempre se agradece es el entusiasmo de quien la escribe, creo que lo pasó bien buscando imágenes y dibujando escenas, quizás por eso la tuvo entre manos más tiempo de lo necesario.

(…) Ahí estaba la muy pájara. Venía con la bandeja llena y el andar pimpante (…)Pág.7

(…) Sigue diciéndole cosas con una voz que parece arrastrada por un camino de tierra (…) Pág.9

(…)Ahora, desatada la guerra intestinal del cuerpo, llamada de las jurisdicciones, los civiles se habían  hecho con el control del orden, cubriendo de diarrea los uniformes militares. Desde su despacho de Gobernación, con el trasero sobre cuero bien mullido, el Cojo se aplicaba de lo lindo en repartir raciones (…) Pág.60

(…)Al igual que todo hijo de vecino, el teniente Beltrán se conocía al dedillo el árbol ginecológico de la mayoría de los  invitados. En esos momentos acababa de entrar la Chata con el grotesco temblor de sus mantecas (…) Pág. 62

(…) El teniente Beltrán tenía oído que, en sus años mozos, se lo tascaba a la infanta Eulalia. Eso fue de cuando anduvo por Bolonia, clavando codos y estudiando los tejidos celulares de la sociedad con pelos en la lengua. Por aquella época, la infanta Eulalia era una joven de mantecas delicadas donde el Cojo acomodaba su pierna más corta (…) Pág.94

(…) Hip. Propaganda por helecho. Hip. Juajua. Por helecho (…)  Pág.129

(…) Los espejos retrataban el conflicto, de frente y de perfil. Afuera se cerraba la noche y el rostro del pintor era igual al de un sapo que se repetía desde los distintos ángulos del local. Entonces vino la camarera rubia, y sólo tuvo que cerrar los dedos sobre el vaso de horchata, al ir a servirlo, para estimular las babas de los allí presentes (…) Pág. 131

(…)Su  Ulogio era de esos que, con sólo alzar la ceja, prenden el reguero de pólvora que toda mujer esconde (…) Pág.285

(…)Discutían con entusiasmo de beodos. Uno de ellos, de barba honda y lentes empañados por fina gasa de niebla, pedía a voces la guillotina eléctrica en la Puerta del Sol. Además de su barba selvática, destacaba la manga vacía. «Hemos de fundar Salento, como hizo Robespierre» (…) Pág.289

(…)Por seguir con el juego de espejos donde los destinos rebotan y toman idénticas avenidas para acabar cruzándose (…) Pág.309

 

 

Sólo un muerto más. Ramiro Pinilla.

2009 Agosto 5
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 Rpinilla

Al leer esta novela, me queda la sensación de que ha sido escrita por pura diversión, que el autor se lo ha pasado bien escribiendo. Nos guía un personaje: Sancho Bordaberri que es propietario de una librería, admirador de Chandler y Hammet; quiere emularlos, pero sus obras son rechazadas siempre por las editoriales. Finalmente, encuentra su camino: se convierte en el investigador Samuel Esparta. Comienza a escribirse su novela al tiempo que es vivida, como le ocurrió a don Quijote. Hay una diferencia: Don Quijote tenía conciencia de ser un héroe, sabía que su historia debía ser escrita e inventó a un sabio que estaba dedicado a ello; pensó primero en escribir él mismo novelas como las que admiraba, pero decidió ser quien viviese las aventuras y dejar la labor de cronista a otro.

Sancho-Samuel va componiendo la obra en su cabeza. Es escritor y personaje, no transforma la realidad  porque su referencia es la novela negra, la necesita. Va encajando piezas en su propia Getxo de la posguerra. Decide investigar un crimen ocurrido allí en 1935. Para su investigación toma las pautas de sus modelos del género, incluso cambia su aspecto, su lenguaje y a Koldobike, empleada de la librería. Este personaje tomaría el lugar de Sancho Panza en su sentido realista de la situación, con un humor más caustico, pero con igual implicación en el juego.  Ambos van desentrañando las pistas hasta llegar a una resolución sorprendente. Al mismo tiempo se formula la base teórica para escribir una novela negra y se escribe lo que estamos leyendo. Aparecen personajes que comparten realidad y literatura como el falangista-poeta que se inicia como escritor de novela con el ejemplo de Samuel Esparta; Luis Federico Larrea, dedicado a medir distancias utilizando los pasos como medida y los propios gemelos Altube.

El equilibrio entre todos estos ingredientes se mantiene hasta el final, con un ritmo perfecto. Parece inverosímil que un librero de Getxo pase por investigador, cambie de nombre y consiga algo de sus vecinos sin que estos lo manden a paseo, que la historia de la investigación no pierda ritmo y protagonismo por las digresiones sobre la novela,  que la terrible realidad social no se imponga sobre lo demás o quede empobrecida. Todo está conseguido. Y lo bien que lo pasó escribiendo, seguro…

Raymond Chandler y Dashiell Hammett son las perlas de la Sección Especial, la sección «la negra», que ocupa la estantería más alta, la más cercana al cielo. Hacia abajo, figuran: Stanley Gardner, Rex Stout, Valentin Williams, Earl Derr Biggers, Martyn, Mash, Masan, Angelis… Están en la Sección por no ser en absoluto desdeñables ofrecer algunos rastros y destellos de «la negra». Creo que a S. S. Van Dine y a Agatha Christie no les agradaría ocupar estanterías rozando el suelo: me los imagino tan elitistas como sus héroes investigadores: Philo Vance Hercule Poirot: nada que ver con. Philip Marlowe y Sam Spade, hijos de Chandler y Hammett, que chapotean en el más fangoso barro humano social por veinticinco dólares diarios más gastos. Pág.29

 

-Ellos escriben de lo que ven en sus ciudades americanas en las que no cabe una rata más, y cuando la gente vive amontonada se matan unos a otros para hacer sitio. Ellos no tienen más que darle a su máquina contando lo que pasa a su alrededor: tiros, sangre, cadáveres con bonitas corbatas flotando en el río o descuartizados, rubias platino fumando como cosacos, espías, chivatos, matones… Ellos no han de inventar nada, el que tienes que inventar eres tú, porque en Getxo no ocurre nada.

Cierra los ojos aún con el eco de la última sílaba. A seis años de la guerra, la gente de Getxo sigue siendo asesinada por Franco. Sobra que le diga a Koldobike que el tiempo negro en que vivimos nada tiene que ver con «la negra». Tiene a su padre en prisión con pena de muerte. Al mío, lo fusilaron en el 39. Yo he de agradecer a mi cojera no haber corrido parecida suerte; es de nacimiento, mi pierna izquierda es más corta que la derecha; no mucho, cosa de centímetros, aunque demasiados cuando se trata de alcanzar el autobús. Asistí seis años a la escuela de don Manuel, y después hice Comercio y Mecanografía en academias de Algorta. Por entonces empecé a emborronaba papeles tratando de imitar las historias que publicaba la Biblioteca Oro.Pág.30 

 

(…) y más: funciona sola. El pobre escritor no tiene que inventar nada, a Dios gracias, porque todo se lo dan hecho. Después de diez años muerto, este caso resucita entre las manos de Samuel Esparta y está muy vivo, como si le hubiera estado esperando. Samuel Esparta es un loco con suerte.Pág.91

 

Estoy en uno de  mis baches.

-¿Qué te pasa? –oigo a Koldobike.

-¡Ha sido un error tratar de cambiar la naturaleza de las cosas! ¿Quién coño me ha mandado resucitar el caso de los gemelos Altube? Ese tiempo ya pasó. Pero a un escritorzuelo se le ocurre utilizar el realismo que encierra para tapar su impotencia. Sin Contar con las nobles leyes de la novela negra, que aquí no se dan. He querido tocarla realidad y me muevo en un mundo irreal.

-A lo mejor estás inventando otra clase de novela y te sobran los camisas azules –dice Koldobike con los ojos muy abiertos, como asombrada de su perspicacia.

-Sospecho que nada de lo que estoy viviendo se parece a lo que escribieron Hammett o Chandler. Más bien soy un producto de Agatha Christie o de S. S. Van Dine, y de sus héroes, Hercule Poirot y Philo Vanee, que son investigadores por afición a la caza de sospechosos para interrogarIos en una atmósfera muy limpia, muy civilizada, convencional, inofensiva, casi tonta. Y, sobre todo, gastando sus células grises en un asesinato cometido la víspera. ¡Soy un intruso en un pasado muerto! Pág.111

 

 -No te hagas el tonto, librero. Estás escribiendo un relato, una novela, según me has dicho, y parece que pita, a juzgar por la serenidad de tu rostro…, bueno, el rostro que tenías hace un rato. Quiero que me digas cómo consigues llevar adelante la historia sin filtraciones poéticas. Una buena narración no cae en estos baches.Pág.121

 

 -Se vuelve y se aparta de mí por primera vez hasta detenerse ante la Sección, cuyos lomos recorre con la vista y con la punta de los dedos-¿Por qué no? Ellos no se atrevieron a tanto como tú, Sancho. Ellos crearon la realidad que veían, endureciéndola o dulcificándola. Tú secuestras la tuya. ¿Qué se siente al ver pasar bajo la pluma tanta vida auténtica? Hay libros que estallan ante los ojos y el tuyo será uno de ellos. Pág.156-

 

 Nunca he escrito tan a ras de tierra –oigo al camisa azul a mi lado. No ha soltado el cuaderno ni el lápiz, aunque me gustaría requisar todo este torrente de vida… ¿De qué has hablado con mi colega ahí dentro? Olvídalo, yo tampoco haría revelaciones a un rival… Por cierto, ¿qué te parecieron las hojas que te pasé? No importa, no importa… Escucha, amigo: jamás habría sospechado que de personas corrientes brotara tanta materia novelesca. ¡Yo, que he hecho la guerra y la posguerra tan cerca de ellas que hasta las mataba! Estas hojas las lleno de vulgar narrativa de arriba abajo. Líneas cerradas apurando los bordes del papel, párrafos entrechocándose, no vaya a ser que deje un blanco por algún rincón…Pág.182

Con una estilográfica de oro anota números en una hoja en blanca, al tiempo que entona con orgullosa seguridad:

-434 pasos de playa (pasos míos y de paseo), son 7,3 minutos; 750 pasos carretera arriba, 12,5 minutos; en la bajada, al ser pasos más largos, no son más que 732, que representan 10,3 minutos; los 434 pasos de regreso en la playa no darían el mismo tiempo, debido al cansancio, así que registramos 8,6 minutos. Total de pasos…Pág.202

Entrevista a Ramiro Pinilla , sobre esta obra, en el programa El Ojo crítico

El lector que no lee

2009 Julio 27
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libros

No sé si les ocurre a todos los lectores, tampoco sé cuál es la palabra que define este ánimo: Ansiedad, desidia, dispersión…Es la situación opuesta a estar enganchada a un libro y no poder dejar de leer hasta llegar a la última página. Es muy desagradable. Necesito leer, pero nada me atrapa y voy vagando de un libro a otro, probando: mejor cuentos, para hacer boca y lees un cuento en dos o tres días, los mismos que se invierten en una novela de seiscientas páginas cuando te has metido de lleno. Otra idea, voy a los de siempre, total no me acuerdo de nada y siempre enganchan. Tampoco, solo unas páginas,  que he saboreado y admirado, pero…Esto no puede ser, sigo con la biografía empezada de Poe, lo dejo casado…Repaso mis últimas compras y compro alguno más, dejemos la ficción; Marvin Harris,  que es muy ameno de leer y no escribía como si fuese poseedor de un saber oculto, cuatro capítulos, eso sí muy interesantes y de plácida lectura y me olvidé del libro. Lo mismo con revistas y  zapeando por internet (¿hay una palabra?) blogs y blogs y revistas conocidas y desconocidas. Así no aprovecha. Esto no ocurría cuando leía libros de la biblioteca, prestados o comprados con mi escaso presupuesto. Quizás ha pasado mucho tiempo o no debería comprar uno hasta haber leído el anterior. Otro día hablaré de la necesidad compulsiva de comprar libros ¿libropatía? Menudo fraude de lector.

La reina en el palacio de las corrientes de aire. Stieg Larsson.

2009 Julio 5
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millenium

 

-Ya te dije yo que ibas a ser invencible en este juicio. Al fin y al cabo, esta historia no va de espías y sectas estatales, sino de la violencia que se comete habitualmente contra las mujeres y de los hombres que lo hacen posible. En lo poco que pude verte estuviste fantástica. Lisbeth va a ser absuelta.

-Sí. No hay duda. Pág.780

Nos lo recuerda el protagonista casi al final.

La novela empieza en la página 373, cuando Lisbeth entra en acción con todas sus armas y la narración se centra en su caso. Antes, el autor no pudo olvidar que era periodista, quizás. Al igual que las entregas anteriores se lee con gusto y atrapa porque tiene muchas piezas que terminan encajando con absoluta precisión. Los personajes son coherentes consigo mismos, actúan como nos han mostrado que eran. Esperamos siempre la aparición de Blomkvist y de Lisbeth Salander. Se vuelve, un tanto, novela rosa: el autor parece querer hacer justicia con la ficción, que pase lo que debería pasar en la realidad, pero no ocurre. La corrupción queda destapada y castigada en una operación perfecta donde colaboran todos; los personajes malvados mueren o son juzgados; la protagonista se recupera de todo tipo de palizas, balas e incluso llega a resucitar después de enterrada, y sigue siendo inmensamente rica. A Mikel le prepara un personaje a medida: la policía Monica Figuerola. Erika protagoniza una historia secundaria en la línea del tema de la novela. Se mantiene la tensión hasta el final: los protagonistas no se ven cara a cara hasta que todo acaba, incluida la novela. Se dejan los suficientes cabos sueltos para esperar nuevas aventuras, aunque, por desgracia,  ya no tendremos más. No he visto aún la película, me da cierto miedo ¿Y si no son ellos? Es de esperar que hagan película de las tres; también podría hacerse una serie y alguien con un poco de gracia que supiese mantener la coherencia de los personajes y la agilidad de los acontecimientos podría hacer varias temporadas.

El silencio de los claustros, Alicia Giménez Bartlett

2009 Junio 22
de LEOnor

el silencio de los claustros

 

He leído la primera: Ritos de muerte y esta, El silencio de los claustros, la última. No sé la evolución de los personajes entre ambas. Me han resultado cercanos, ya conocidos. A su creadora le caen bien, los ha pasado a mejor vida. Ha casado a Garzón con una señora encantadora, Beatriz,  no aparece en la novela pero lo lleva hecho un pincel y ha refinado sus costumbres y su carácter. También ha casado a Petra con Marcos, el marido ideal: cariñoso, no pregunta, no recrimina, lo entiende todo y tiene unos hijos tan ideales como él, que Petra no ha tenido que parir, ni aguantar en su etapa más desagradable. Por lo demás siguen pateando calles, siguen perdidos, como todos los detectives. Quizás sean los personajes lo mejor de la novela. Los hace creíbles y cercanos, al menos a los policías. Las monjas no me las he creído tanto. La superiora es fuerte, similar a Petra, con autoridad, pero no se entera de nada de los que ocurre a su alrededor ¿Y la última escena, por qué toma esa decisión? La hermana Domitila queda más dibujada hacia el final, con algún rasgo integrista que hace creíble el personaje. La hermana Pilar tampoco convence tanto, al fin y al cabo es la única que salía del convento.

La trama resulta amena, pero hay sorpresas que lo son porque resultan un tanto inverosímiles como la utilidad que le encuentran a la momia y la razón de su desaparición. La relación con hechos históricos que todavía están presentes centra más la novela, aunque la intuición inicial de Petra es buena.

Me resulta fastidiosa la narración en primera persona, verlo todo a través de Petra; tener unos prismáticos en los ojos permanentemente hace perder matices, por ejemplo, de los otros personajes; no podemos escudriñar en sus casas, en su carácter…¿Qué pasaría por la cabeza de sor Guillermina a solas? Bien, paso a Stieg Larsson, para no dejar el tema.

Miraba de reojo al subinspector. Desde que se había casado era evidente que nunca estaba de mal talante. Antes, cuando un caso se presentaba especialmente complicado, renegaba como un carretero cada vez que debía hacer una gestión. Pero ahora era diferente, daba la impresión de que ponía menos celo en el trabajo, y eso hacía que lo tomara con mayor naturalidad. Pág.67

¡Dios! , aquello era como Radio Tirana en sus buenos tiempos. Todos aquellos chats contenían insultos y descalificaciones del contrario: « ¡Facha!», « ¡Malditos comunistas!», etc., etc., eran términos normales en aquellas conversaciones virtuales. Tuve que restregarme la cara varias veces. ¿Era aquello Internet, la vía más moderna de comunicación? ¿Estábamos en el siglo XXI, en plena era digital? ¿De dónde salían pues aquellas pandas de dinosaurios, enzarzados en discutir la historia como si se tratara de una cuestión palpitante y actual? ¿Aún estábamos así, enfrentados como siempre? ¿Qué pasaba con la Transición, con la democracia, con España el país moderno y multicultural? Sentí una corriente de desánimo física, orgánica. Quizá no era ninguna tontería seguir la pista histórica en nuestro caso de doble asesinato. España la historia seguía sangrantemente viva. Todavía éramos capaces de darnos de palos discutiendo si el Cid Campeador era un héroe o un villano, si existió de verdad el glorioso apóstol Santiago.Pág.201

(…)¡Cielos!, si alguien me hubiera dicho sólo un año atrás que pasaría una mañana de sábado sentada junto a una niñita rubia viendo un programa infantil le hubiera dicho que estaba en fase de delirium tremens. La vida es extraña y acaba llevándonos por sendas que habíamos jurado no transitar, (…) Pág.202

Larsson. Antes de empezar.

2009 Junio 19
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larsson

Increíble. Las anteriores entregas de Larsson fueron populares, pero esta vez da miedo. Cuando salió la segunda, no pude encontrarla en las librerías de mi barrio en esos días, eso sí, la encontré en la sección de libros de Hipercor. Hoy, La reina en el palacio de las corrientes de aire estaba además en el supermercado, junto a las cajas, con los bombones y las bolsas reciclables; no sólo eso, un 5% más barata. La señora que me precedía en la fila de la caja ha descargado tres ejemplares, junto a las cervezas y las lechugas. Da que pensar, ¿se los han encargado y encima no se prestan los libros? ¿tiene un club de lectura Larsson?. El libro estaba también en Media markt. No he tenido que pasar por la farmacia, ni por un mercadillo. ¿Y? por qué esto solo pasa cuando se quiere que pase. Siempre me ha parecido bien que vendan libros en cualquier parte. Es relajante entrar en una gasolinera a las siete y pico de la mañana camino del trabajo y encontrar un expositor con libros de bolsillo, al menos hay alguien conocido; también ir a comprar a “grandes superficies” y parar un rato en los libros. Sería una buena señal que los libros fuesen tan cotidianos como la compra diaria, que en las gasolineras comprásemos chicles, caramelos sin azúcar y un libro. El libro de Larsson tiene unas 850 páginas; por mucho que enganche, para alguien que no está acostumbrado a leer son muchas. Además están haciendo películas, así que podrían verlo. Conclusión: se lee y lo que nos echen, como la televisión. No dan lo que el público pide, el público traga lo que le den, bueno o malo.

Zapatos italianos, Henning Mankell

2009 Junio 13
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zapatos italianos

 

La sensación que transmite la lectura de Zapatos italianos es de serenidad, en la primera parte sobre todo, pero la conseguida por el aislamiento y la huída del mundo. Es la situación del protagonista. Ha llenado su tranquilidad artificial de pequeños rituales como hacer cada día un agujero en el hielo y cuidar de sus animales. Está rodeado de nieve y hielo, paisaje perfecto para él. Cada vez que se rompe esa paz, es de una forma inesperada para el personaje y para el lector también. Lo mejor de la novela es ese ritmo de absoluta nada roto por un suceso o personaje sorprendente. Crea pequeños universos como el del bosque donde vive Louise, sus vecinos, Agnes y sus chicas, y la vida ignorada de Harriet. Hay título, como el de esta novela, que hacen esperar con impaciencia el momento en el que nos revelará su significado. Cuando ocurre ves que es un título perfecto, incluso se puede lucubrar sobre sus significados simbólicos. Está narrado en primera persona, desde la perspectiva del protagonista Fredik, un médico jubilado. Consigue que sintamos mejor el ritmo del que hablaba: el agobio cuando aparecen casi en tropel nuevos personajes y situaciones que cambian la vida del anciano; después, la sensación de soledad cuando desaparecen. Vuelve a su mundo aislado, pero ya no es el mismo lugar, no hay soledad, está vacío. Poco a poco no vamos enterando de la vida anterior de Friedrik, de sus razones para estar en la isla, de su carácter y de los momentos que cambiaron su vida. El argumento puede leerse en la página de la editorial. Por cierto, la clasifican como policíaca y no es policíaca. Hay un muerto en extrañas circunstancias, pero lo dejan atrás, unas líneas.

 

Siempre me siento más solo cuando hace frío. El frío del exterior me hace pensar en el de mi propio cuerpo. Me veo atacado desde dos frentes. Pero yo no dejo de oponer resistencia contra el frío y contra la soledad. De ahí que, cada mañana, salga a cavar un agujero en el hielo.  Si alguien me observase desde la helada bahía con unos prismáticos, creería que estoy loco y que lo que hago es preparar allí mi propia muerte. ¿Un hombre desnudo en el gélido frío invernal, ron un hacha en la mano cavando un agujero en el hielo?  Pág.13

Conducir a través de un paisaje nevado es como haber traspasado la barrera del sonido. Todo es silencio, tanto a tu alrededor como en tu interior. El verano o la primavera rebosan de sonidos. Nunca hay silencio. Pero el invierno es mudo. Pág.83

En una pared se leía un lema pintado a mano, supongo que del puño de Giaconelli. Alguien llamado Zhuang Zhou había dicho que «Cuando el zapato se ajusta bien, nadie piensa en el pie».Pág.155

Me levanté y entré en la habitación en la que aún se hallaba el telar de mi abuela, con una alfombra a medio tejer. No existe otra imagen más clara para mí, ésa es la imagen de la muerte; se presente en el momento que se presente, siempre viene a molestar. Una alfombra que nunca se termina, como nuestras vidas. Pág.190

Me senté en el banco. De pronto, recordé la noche del solsticio de invierno. Aquella noche, sentado en la cocina, pensé que mi vida nunca cambiaría. Y ahora, seis meses después, nada era como antes. Ahora, el solsticio de verano nos llevaba de nuevo a la oscuridad. En la distancia oí las voces que llenaban mi, por lo general, tan silenciosa isla. Pág.292